Yusra Mardini, la refugiada que huyendo de la guerra en Siria, salvó a 18 personas de morir ahogadas en el mar, compite en las Olimpíadas de Tokio.

Mardini, en la prueba de 100 metros mariposa en los Juegos de Río 2016. EFE/ Lavandeira jr

Yusra Mardini, la refugiada que huyendo de la guerra en Siria, salvó a 18 personas de morir ahogadas en el mar, compite en las Olimpíadas de Tokio.

Yusra Mardini nació el 5 de marzo de 1998 en Siria, actualmente reside en Berlín. En los Juegos Olímpicos en Río 2016 fue cuando debutó y entró a formar parte del equipo de Atletas Olímpicos Refugiados. Este año ha vuelto a las Olimpiadas de Tokio. 

A la deriva en el mar Egeo, huyendo de la guerra en Siria, Mardini junto a su hermana remolcaron nadando una patera hasta la costa de Lesbos.


“Nadaba antes de aprender a andar”, asegura Mardini, que se familiarizó con la piscina a los cuatro años. Fue su padre, que trabajaba en Siria como entrenador de natación, el que inculcó a las dos hermanas el amor por el agua. “Aprendí desde muy pequeña que nadar es mi vía de escape en la vida”. Una vida que tomó un rumbo inesperado al estallar la guerra en 2011, cuando los bombardeos en Siria se convirtieron en la nueva normalidad. Un día, una bomba destruyó la casa familiar. Otro día, un proyectil voló el techo de la piscina donde entrenaba. La situación se volvió insostenible.







En agosto de 2015, harta de una vida sin horizonte y de una guerra sin fin, Yusra partió en pos de un futuro en paz, dejando atrás su vida, sus esperanzas y su incipiente carrera como estrella de la natación siria. Tenía solo 17 años y ya había representado a su país en el Campeonato Mundial de Piscina Corta de 2012. Junto a su hermana mayor Sarah, emprendió un viaje con destino incierto.

Las dos atravesaron Líbano y llegaron hasta la costa de Turquía. Desde allí, apretadas en una barca junto a otras 18 personas, partieron para cruzar el mar Egeo en dirección a Grecia. En mitad de la nada, cuando llevaban 30 minutos de travesía, el motor se negó a seguir funcionando y el bote quedó a la deriva. La embarcación amenazaba con zozobrar y la mayoría de los pasajeros no sabía nadar. Las hermanas Mardini se lanzaron entonces al agua para empujar la embarcación en busca de tierra firme. “Con una mano sujetaba la cuerda que estaba atada al bote, mientras que nadaba con la otra y los pies”, recordaría tiempo después la atleta. 

Con el esfuerzo de las hermanas, exhaustas y muertas de frío, avistaron la costa de Lesbos tres horas y media después. “Habría sido vergonzoso si la gente en nuestro bote se hubiera ahogado”, contó Mardini a ACNUR, que la nombró Embajadora de Buena Voluntad en 2017. “Había gente que no sabía nadar. No iba a quedarme sentada y a quejarme de que me iba a ahogar. Si me iba a ahogar, al menos lo haría habiéndome sentido orgullosa de mí y de mi hermana”. Las hermanas Mardini son solo dos de las 5,6 millones de personas que, según ACNUR, han tenido que abandonar Siria desde el inicio de las hostilidades en 2011. Muchos perecen en el intento. Yusra y Sarah tuvieron suerte. La natación las salvó.




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Sarah y Yusra continuaron su trayecto, a ratos a pie, a ratos en autobuses propiedad de mafias, desde Grecia hasta Alemania, cruzando media Europa. Llegaron finalmente a Berlín en septiembre de 2015 y fueron albergadas en un campo de refugiados. Lo último que tenía Yusra entonces en mente era la natación. En el Egeo se había dejado las ganas de seguir nadando. Sin embargo, al poco tiempo, la piscina volvió a llamarla. Un intérprete egipcio puso en contacto a la deportista siria con un club de natación de la capital. Le hicieron una prueba y quedaron impresionados. Yusra reanudó sus entrenamientos.

Poco después, Mardini recibió una llamada para realizar un viaje muy diferente, esta vez hasta Río de Janeiro. El COI había creado el Equipo Olímpico de Atletas Refugiados, con el objetivo de visibilizar la situación de los refugiados en todo el mundo. El combinado iba a competir por primera vez en los Juegos de 2016 y Yusra Mardini era una de las elegidas para formar parte del mismo.

Diez atletas de cuatro países diferentes (cinco sudaneses, dos congoleños, dos sirios y un etíope) desfilaron en la ceremonia inaugural de Río bajo la bandera olímpica, llevándose una de las mayores ovaciones de la gala. La vida de Yusra Mardini había dado un giro total. Un año después de abandonar un país en llamas y salvar su vida en mitad del mar, tenía la ocasión de participar en el mayor evento deportivo mundial. En doce meses había pasado de nadar por su vida a nadar por la gloria olímpica.

Por desgracia, la existencia del Equipo Olímpico de Atletas Refugiados sigue siendo en 2021 tan necesaria como lo era cuando se creó hace cinco años. Los diez refugiados que participaron en Río se multiplican en Tokio hasta 29, incluyendo a Yusra Mardini. En unos Juegos cada vez más profesionalizados, ellos representan la verdadera esencia original de los cinco aros olímpicos.

“No hablamos el mismo idioma y somos de diferentes países, pero la bandera Olímpica nos une a todos y ahora estamos representando a 60 millones de personas alrededor del mundo. Estamos muy felices juntos como equipo”, afirmó Mardini en los Juegos de Río. Allí nadó los 100 metros libre y los 100 metros mariposa, especialidad que repetirá en Tokio. En 2016 no pasó de la primera ronda, pero eso es lo de menos. Si hay en Tokio alguien que represente el verdadero espíritu olímpico, independientemente de medallas, diplomas, marcas y récords, si hay alguien que ha vivido una verdadera odisea para llegar a ser olímpica, esa es Yusra Mardini.

Fuentes: ACNUR (Agencia de ONU para los Refugiados) / elDiario.es / Olympics